sábado, 19 de septiembre de 2009

MI PADRE



(A la memoria amorosa de Julio Espinal Jiménez)

I

Mi padre no fue un arameo errante,
ni durmió bajo lunas de cristal
en la asfixiante luz de las arenas.
No estuvo en el acto fundacional
de la primera piedra que sepultaron
como semilla túrgida
para que de ella nacieran
las pirámides
de Keop, Kefrén y Micerino.
No se baño en el Nilo con Cleopatra,
no estuvo en el sitio de Troya,
ni con las hordas de Atila
asoló los estremecidos territorios
donde ya jamás volvió a crecer la hierba.
Tampoco vio el sol de medianoche
en las regiones antárticas,
ni apacentó rebaños en las praderas de altura
de las Montañas Rocallosas,
ni se embriagó de verde y de frescura
en los ríos y canales de Bangkok,
o en los trigales de Kansas
no hizo el amor con una muchacha tibia
de pelo ensortijado y oloroso a lavanda
que gustaba olvidar sus depresiones
teniendo cada noche un hombre entre las piernas.

II

Mi padre no fue un arameo errante,
ni tampoco fue un Inca,
y por eso nunca rezó de hinojos
ante una soberbia siembra de maíz
al dios Sol o Inti
que lo fecunda todo;
nunca conoció el gran templo inmemorial
de la ciudad del Cuzco.

Mi padre no fue un azteca
y por eso no estuvo en Tenochtitlan
cuando el hombre con barba y cuatro patas y una cola,
el que venía del mar, rasgó la piel del mundo
y profanó a los dioses;
nunca abrió el pecho de otro hombre
buscando su corazón aún palpitante
para ofrecerlo a la voracidad sagrada
del gran Huitzilopochtli el negro.
Ni bajó a lo profundo de las minas
donde se suicidaban los subyugados indios
del nuevo mundo ganado
con la cruz y con la espada,
ni en los molinos o en los ingenios de azúcar
adoró a ningún ser venido desde el África
en el corazón doliente de los que fueron arrebatados
de su tierra, sus ríos y su dicha.

III

Mi padre no fue un arameo errante,
mi padre fue un obrero.
Un obrero antillano, simplemente.
Un obrero con luz en sus pupilas
y mares que le corrían por las venas
con la misma alegría de la lluvia temprana
mojando las colinas;
un obrero de bronce, y nada menos,
que un hombre de acero y resolana,
fuerte como los cedros y los toros del sur
que mugen mientras pastan con estrellas y cardos.
El conoció muy bien
los tambores terribles de la fiebre,
el cantar de la ausencia
y las saetas del huracán
sobre el parcelamiento infinito de las islas.


IV

Y a esta altura precisa del poema
tengo que repetir, por enésima vez
que mi padre no fue un arameo errante,
no fue un visir, ni fue un maquinista
de una locomotora de vapor, ni un alfarero,
ni un productor de cine,
ni el dueño de un hotel de cinco estrellas;
no surcó los cielos y puso un pie en la luna,
ni firmó ningún tratado de fin de hostilidades,
ni escribió una novela que se volvió Best-sellers,
pero nunca faltó en mi casa
pan o leña para quemar inviernos,
y siempre su palabra estuvo a ras de todos
como un inmenso árbol cargado de manzanas.


V

Mi padre no fue un arameo errante.
tampoco vio el fragor paradigmático
de la toma feliz de la Bastilla,
ni las cabezas que fueron al patíbulo
a ser cortadas por la guillotina,
ni coqueteó con la mujer de Urías,
ni conoció a Natán, el gran profeta,
ni junto con Moisés cruzó el Mar Rojo,
ni levantó en vilo la serpiente,
ni estuvo con Borges cuando escribía “El Aleph”
o con Dido cuando se suicidaba por el amor de Eneas;
ni siquiera oyó hablar muy largo de Cervantes
y jamás estuvo de acuerdo con la agonía de Sísifo
y la espada terrible de Damocles;
con Edipo lloró, por su destino
y acompañó a Ulises hasta Ítaca;
a Neruda amó en Isla Negra, en su casa
llena de caracoles y de libros,
y a Hemingway en Cuba, antes de abandonarnos para siempre;
un día le hablé (seguro que lo hice)
de Cabrera Infante y sus “Tres tristes tigres”,
pero él se conmovió recordando a Aureliano Buendía
amarrado al castaño del olvido y la muerte,
y a otro que llegó de Comala en busca de su padre:
un tal Pedro Páramo…

VI

Mi padre no fue un arameo errante,
tampoco fue un cosmos, un hijo de Manhattan
como Walt Whitman,
no mereció medallas del congreso,
ni tuvo calles con su propio nombre,
pero fue lo mejor que pudo darme el cielo,
pues tuvo un corazón dulce y tan grande
como un árbol cargado de manzanas.

Mi padre fue un obrero
apegado a su viejo testamento de sueños
y amor de antepasados…

Del libro:“Ceremonia en torno a una ausencia”
Delfos Editores/ 9 de Julio del 2004.
Santo Domingo, República Dominicana.

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