sábado, 19 de septiembre de 2009

ENTRE LIBROS


BORGES veinte años después

Fue un regalo del azar encontrarme con la Revista Proa no en el mítico y hermoso Buenos Aires de Borges y Cortázar, sino en la industrial ciudad de Monterrey, en México. Esta Revista literaria argentina salió por primera vez a la luz en el año 1922, y fue precisamente fundada por Jorge Luís Borges, Norah Borges, Macedonio Fernández, Eduardo González Lanuza, Guillermo Juan, Francisco Piñeiro y Jacobo Sureda.
Este número con el que afortunadamente me topé es una edición especial, como lo dice en un recuadro de la portada. “Borges veinte años después” se titula, y trae la foto del maestro: magnífico, severo, sereno, como preparándose para entrar a la eternidad del laberinto. Está de perfil, foto en sepia, quizás pensando en el Aleph. Debajo de la foto los nombres de los amigos escritores y artistas que lo recuerdan en ese aniversario luctuoso de dos décadas: Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Harold Bloom, Alicia Jurado, Jorges Edwards, Enrique Anderson Imbert, Antonio Tabucchi, Gabriel García Márquez, Humberto Eco, Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Luís Alberto de Cuenca, Alejandro G. Roemmers, Luís Benítez, José Bianco, Juan Ramón Jiménez, Rafael Cansinos-Assens, Salvador Garmendia y otros. Todos con el ánimo y el propósito de reconstruir la mítica figura del hombre que como dicen algunos fue el que inventó la ciudad de Buenos Aires, aquel que amaba los relojes de arena, los mapas, el sabor del café y la prosa de Stevenson.
Este número, como han podido intuir, es un verdadero tesoro. Junto a los artículos de todos estos escritores que hablan del intelectual y también del hombre de carne y hueso que fue Borges, aparecen caricaturas, retratos y fotos antiguas del Borges joven y del Borges viejo.
Hablar de Borges es hablar de lo mejor que le pudo pasar a la argentina, a la lengua española y a la literatura en el siglo XX, según frase textual de Mario Vargas Llosa en un artículo aparecido en el Listín Diario, periódico de la República Dominicana, el 8 de Abril del 2008. Pensar a Borges, saborear sus ficciones, tratar de meternos en su lógica, descubrir que hay una forma borgeana de ver la vida, de sopesarla, de aprehenderla, es un verdadero privilegio. Borges murió en el 1986, fue el eterno aspirante al Premio Nobel, que se merecía más que ningún otro, pero debido a sus ideas políticas fue castigado por la Academia sueca. Ya se lo iban a conceder, cuando metió la pata y aceptó reunirse con el dictador chileno Pinochet. Ahí acabaron sus posibilidades de recibirlo. De ahí en adelante la consigna fue no darle el Nobel a Borges. Y sin embargo, sus letras, sus ficciones, su genialidad, lo hacen ser un sol enorme alrededor del cual gravitan todas las galaxias de las letras americanas.
Lectores adictos a la llamada “nueva narrativa” suelen asombrarse cuando se enteran que Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y otros autores del “boom” hispanoamericano admiten su deuda con Borges. “Cómo pude ser-exclaman- si ellos experimentan con las formas, y Borges, en cambio, se aferra a formas tradicionales”. Ah, es que los narradores experimentalistas admiraron, no sus técnicas narrativas, sino su concepción del mundo. En sus cuentos Borges ofrece soluciones sorprendentes a los problemas del Ser, el Tiempo, el Yo, el Conocimiento, el Valor, el Lenguaje, la Estética, pero lo hace con procedimientos poco sorprendentes. (1)
Desde niño Borges supo que su destino estaba en la literatura, primero como lector, después como escritor. Supo que lo esperaban en el tiempo y el espacio de la literatura los espejos y los laberintos, las bibliotecas y los sueños, la noche y la vereda de enfrente, el aljibe y el astrolabio. De él dice Harold Bloom en uno de los artículos de ésta Revista: “A dos décadas de su muerte, Borges emerge claramente como el único autor del siglo Veinte que resulta más emblemático de los valores estéticos aún esenciales para la supervivencia de la literatura canónica universal. Ocupa esta posición no sólo con respecto a las letras hispanoamericanas, sino a toda la literatura occidental y quizás, incluso, a la literatura mundial.
Les deseo que se encuentren como yo, por azar, con sus obras. Después de leer “El Aleph”, “Luna de enfrente”, “Fervor de Buenos Aires”, “Otras inquisiciones”, “Historia de la eternidad”, “El libro de arena” e “Historia universal de la infamia” ya no serán los mismos.

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Notas:
(1)…………Enrique Anderson Imbert, “Borges y su concepción del mundo”; Revista Proa número 66, Tercera época.-



Revista "Espacio", Agosto del 2009.

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