sábado, 19 de septiembre de 2009

NO ESTAMOS HECHOS



No estamos hechos para que la muerte

nos ponga sus coyundas de tinieblas,

ni el terror nos empuje por las horas

como quien va muriéndose en un río.

Estamos hechos, oh Señor, Dios mío,

para vivir contigo para siempre

en esa eternidad que nos desborda.

(Del Libro:"Ceremonia en torno a una ausencia")

TODO


(Poema del libro: "Cuando crezcan los ángeles")

Lo que somos,

lo que hacemos,
lo que amamos...
lo que odiamos,
u olvidamos
o tememos...
ese acero de cristal
que ayer fue orgía...
ese alígero fantasma...
esa quimera...
fructifica con dolor
en un poema...

Entrevista Periódico Novedades de Acapulco


PONER LA MANO EN EL FUEGO

Libro ganador del Premio Internacional de Cuentos convocado por el Instituto de Cultura Puertorriqueña en el 2007. Fue puesto en circulación en El Viejo San Juan, en Puerto Rico, el 26 de Julio del 2009. Está conformado por 50 cuentos. El jurado calificador lo definió como "un homenaje a toda la literatura llamada del Boom".

MI PADRE



(A la memoria amorosa de Julio Espinal Jiménez)

I

Mi padre no fue un arameo errante,
ni durmió bajo lunas de cristal
en la asfixiante luz de las arenas.
No estuvo en el acto fundacional
de la primera piedra que sepultaron
como semilla túrgida
para que de ella nacieran
las pirámides
de Keop, Kefrén y Micerino.
No se baño en el Nilo con Cleopatra,
no estuvo en el sitio de Troya,
ni con las hordas de Atila
asoló los estremecidos territorios
donde ya jamás volvió a crecer la hierba.
Tampoco vio el sol de medianoche
en las regiones antárticas,
ni apacentó rebaños en las praderas de altura
de las Montañas Rocallosas,
ni se embriagó de verde y de frescura
en los ríos y canales de Bangkok,
o en los trigales de Kansas
no hizo el amor con una muchacha tibia
de pelo ensortijado y oloroso a lavanda
que gustaba olvidar sus depresiones
teniendo cada noche un hombre entre las piernas.

II

Mi padre no fue un arameo errante,
ni tampoco fue un Inca,
y por eso nunca rezó de hinojos
ante una soberbia siembra de maíz
al dios Sol o Inti
que lo fecunda todo;
nunca conoció el gran templo inmemorial
de la ciudad del Cuzco.

Mi padre no fue un azteca
y por eso no estuvo en Tenochtitlan
cuando el hombre con barba y cuatro patas y una cola,
el que venía del mar, rasgó la piel del mundo
y profanó a los dioses;
nunca abrió el pecho de otro hombre
buscando su corazón aún palpitante
para ofrecerlo a la voracidad sagrada
del gran Huitzilopochtli el negro.
Ni bajó a lo profundo de las minas
donde se suicidaban los subyugados indios
del nuevo mundo ganado
con la cruz y con la espada,
ni en los molinos o en los ingenios de azúcar
adoró a ningún ser venido desde el África
en el corazón doliente de los que fueron arrebatados
de su tierra, sus ríos y su dicha.

III

Mi padre no fue un arameo errante,
mi padre fue un obrero.
Un obrero antillano, simplemente.
Un obrero con luz en sus pupilas
y mares que le corrían por las venas
con la misma alegría de la lluvia temprana
mojando las colinas;
un obrero de bronce, y nada menos,
que un hombre de acero y resolana,
fuerte como los cedros y los toros del sur
que mugen mientras pastan con estrellas y cardos.
El conoció muy bien
los tambores terribles de la fiebre,
el cantar de la ausencia
y las saetas del huracán
sobre el parcelamiento infinito de las islas.


IV

Y a esta altura precisa del poema
tengo que repetir, por enésima vez
que mi padre no fue un arameo errante,
no fue un visir, ni fue un maquinista
de una locomotora de vapor, ni un alfarero,
ni un productor de cine,
ni el dueño de un hotel de cinco estrellas;
no surcó los cielos y puso un pie en la luna,
ni firmó ningún tratado de fin de hostilidades,
ni escribió una novela que se volvió Best-sellers,
pero nunca faltó en mi casa
pan o leña para quemar inviernos,
y siempre su palabra estuvo a ras de todos
como un inmenso árbol cargado de manzanas.


V

Mi padre no fue un arameo errante.
tampoco vio el fragor paradigmático
de la toma feliz de la Bastilla,
ni las cabezas que fueron al patíbulo
a ser cortadas por la guillotina,
ni coqueteó con la mujer de Urías,
ni conoció a Natán, el gran profeta,
ni junto con Moisés cruzó el Mar Rojo,
ni levantó en vilo la serpiente,
ni estuvo con Borges cuando escribía “El Aleph”
o con Dido cuando se suicidaba por el amor de Eneas;
ni siquiera oyó hablar muy largo de Cervantes
y jamás estuvo de acuerdo con la agonía de Sísifo
y la espada terrible de Damocles;
con Edipo lloró, por su destino
y acompañó a Ulises hasta Ítaca;
a Neruda amó en Isla Negra, en su casa
llena de caracoles y de libros,
y a Hemingway en Cuba, antes de abandonarnos para siempre;
un día le hablé (seguro que lo hice)
de Cabrera Infante y sus “Tres tristes tigres”,
pero él se conmovió recordando a Aureliano Buendía
amarrado al castaño del olvido y la muerte,
y a otro que llegó de Comala en busca de su padre:
un tal Pedro Páramo…

VI

Mi padre no fue un arameo errante,
tampoco fue un cosmos, un hijo de Manhattan
como Walt Whitman,
no mereció medallas del congreso,
ni tuvo calles con su propio nombre,
pero fue lo mejor que pudo darme el cielo,
pues tuvo un corazón dulce y tan grande
como un árbol cargado de manzanas.

Mi padre fue un obrero
apegado a su viejo testamento de sueños
y amor de antepasados…

Del libro:“Ceremonia en torno a una ausencia”
Delfos Editores/ 9 de Julio del 2004.
Santo Domingo, República Dominicana.

ENTRE LIBROS


Encuentro Internacional de Escritores en Victoria, Entre Ríos, Argentina.-

En Noviembre del 2008 tuve la dicha de ser invitado especial del VI Encuentro Internacional de Arte y Poesía de Victoria, Entre Ríos. Fue mi primer viaje a la Argentina, maravilloso país que conocía desde mi adolescencia solamente a través de los mapas luminosos que me habían regalado sus grandes escritores: Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Esteban Echeverría, José Hernández, Ernesto Sábato, Manuel Puig y Ricardo Guiraldes.
En este Encuentro de Escritores presenté mi audio-libro:“Espejos del sur”, mi libro de poesía:“Piedad frutal” e impartí la conferencia:”De Safo a Alfonsina Storni”.
Aunado a la belleza natural del paisaje de la provincia argentina, a la fascinación mágica de la porteña ciudad de Buenos Aires, que recorrí en dos tardes apresuradas en que mis amigos José Luís y Ana María, me llevaron de la seca a la meca, tratando de que no faltara nada a mi itinerario gozoso por la ciudad de Borges, me topé en el Encuentro de Victoria con unos escritores de gran calidad literaria y múltiples registros que a la vez estuvieron abiertos a la escucha y a la valoración de lo diferente. Fueron días memorables esos del 7 al 10 de Noviembre del 2008.
Victoria, hermoso pueblo estilo colonial está asentado, al igual que la ciudad de Roma, sobre siete colinas. Por eso a este Encuentro de Escritores le gusta llamar su fundadora la excelente poeta argentina Lucía Giaquinto “Encuentro de las siete colinas”. Entre Ríos, a cuyo territorio pertenece el pueblo de Victoria es una hermosa provincia cuya nombre le viene de estar parcelado por las aguas benéficas y caudalosas del gran río Paraná, que atraviesa varios países de América del sur y allí, en Argentina, parece un gran brazo de mar cargado como todo océano de nostalgias y de magia.
Ha pasado casi un año del Encuentro de Escritores de Victoria y aún no puedo olvidar la voz melodiosa, andina, de una poeta de 81 años que con cada sílaba me recordaba la cadencia de los versos de Gabriela Mistral, voz escuchada muchos años atrás mediante una grabación en un acto cultural en la Embajada chilena en Santo Domingo. El nombre de esta poeta que me recuerda a Mistral es Juana Rómulo y a su edad estaba presentado un buen libro de versos: “Mariposas ocres”.
También conocí allí a un sinfín de extraordinarios escritores: a la poeta argentina-israelí Marcela Vanmak (“Con el espíritu de las musas”), al dramaturgo salvadoreño Julio Díaz-Escamilla (“Lorca, memoria de la angustia), a los escritores chilenos Carlos Calderón Ruiz de Gamboa y Fernando Sánchez Durán, enviados especiales del Ministerio de Cultura de Chile. Además a la poeta chilena Nuri Scorza (“Intima morada” y “Otro amanecer”) y los escritores y poetas argentinos Zunilda Gaite (“Lunas de abril”), Norberto Aige Marinelli (amigo querido que me traje en el corazón por su calidez humana y sinceridad, que presentó los libros “El desorden” y “Largo día, dulce tregua”), Liria Guedes (“Las puertas de la piedad”), María Paula Monez Ruiz (“La clave”), Berta Bilbao Ritcher, José Gallardo, Ana María de Benedectis, Gladys Abilar (“Juguitos de rimas”), Luis Guedes Arroyo, Elías Galati, Vilma Osella (“Los caminos del agua”), Liliana Waipan (“Rehenes”), Elizabeth Simeone (“Noveno círculo”), Graciela Paleari, Lili Muñoz, Graciela Bucci (“Las fronteras posibles”), Adriana Reggiardo, Beatriz Vallaza (“Las redes que tendimos”), Luisa Berutti (“Rescate del silencio”), María Ester Chapp (“El ojo peregrino”), Raquel Piñeiro Mongiello (“Horas de arena”), Daniel Riveira (“Frida, píntame una poesía”) y mi querida amiga con quien he cultivado una amistad epistolar fecunda María Cristina Pizarro (“En la búsqueda del lector infinito”). Todos ellos, y algunos más que tendrán que perdonarme porque sus nombres se me escapan de la memoria (pero no su afecto del corazón) causaron un profundo impacto en mi persona y en mi escritura. Poco a poco, si me lo permiten, iré leyendo y comentando sus obras.
La poeta Lucía Giaquinto estuvo de aquí para allá, como buena anfitriona, atenta siempre a las necesidades de todos y además, actuó maravillosamente bien el papel femenino principal en la obra “La Coronela” de Julio Díaz-Escamilla, que fue presentada a mitad del Encuentro. Una mención especial merece también el trabajo de coordinación del escultor entrerriano Daniel Savall. A él un fuerte abrazo. Parabienes a todos y que la palabra, en el siguiente Encuentro de Escritores de Victoria florezca como un gran árbol cargado de manzanas. Salud y larga vida a las letras argentinas.


Revista "Espacio", Septiembre del 2009.-

ENTRE LIBROS


BORGES veinte años después

Fue un regalo del azar encontrarme con la Revista Proa no en el mítico y hermoso Buenos Aires de Borges y Cortázar, sino en la industrial ciudad de Monterrey, en México. Esta Revista literaria argentina salió por primera vez a la luz en el año 1922, y fue precisamente fundada por Jorge Luís Borges, Norah Borges, Macedonio Fernández, Eduardo González Lanuza, Guillermo Juan, Francisco Piñeiro y Jacobo Sureda.
Este número con el que afortunadamente me topé es una edición especial, como lo dice en un recuadro de la portada. “Borges veinte años después” se titula, y trae la foto del maestro: magnífico, severo, sereno, como preparándose para entrar a la eternidad del laberinto. Está de perfil, foto en sepia, quizás pensando en el Aleph. Debajo de la foto los nombres de los amigos escritores y artistas que lo recuerdan en ese aniversario luctuoso de dos décadas: Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Harold Bloom, Alicia Jurado, Jorges Edwards, Enrique Anderson Imbert, Antonio Tabucchi, Gabriel García Márquez, Humberto Eco, Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Luís Alberto de Cuenca, Alejandro G. Roemmers, Luís Benítez, José Bianco, Juan Ramón Jiménez, Rafael Cansinos-Assens, Salvador Garmendia y otros. Todos con el ánimo y el propósito de reconstruir la mítica figura del hombre que como dicen algunos fue el que inventó la ciudad de Buenos Aires, aquel que amaba los relojes de arena, los mapas, el sabor del café y la prosa de Stevenson.
Este número, como han podido intuir, es un verdadero tesoro. Junto a los artículos de todos estos escritores que hablan del intelectual y también del hombre de carne y hueso que fue Borges, aparecen caricaturas, retratos y fotos antiguas del Borges joven y del Borges viejo.
Hablar de Borges es hablar de lo mejor que le pudo pasar a la argentina, a la lengua española y a la literatura en el siglo XX, según frase textual de Mario Vargas Llosa en un artículo aparecido en el Listín Diario, periódico de la República Dominicana, el 8 de Abril del 2008. Pensar a Borges, saborear sus ficciones, tratar de meternos en su lógica, descubrir que hay una forma borgeana de ver la vida, de sopesarla, de aprehenderla, es un verdadero privilegio. Borges murió en el 1986, fue el eterno aspirante al Premio Nobel, que se merecía más que ningún otro, pero debido a sus ideas políticas fue castigado por la Academia sueca. Ya se lo iban a conceder, cuando metió la pata y aceptó reunirse con el dictador chileno Pinochet. Ahí acabaron sus posibilidades de recibirlo. De ahí en adelante la consigna fue no darle el Nobel a Borges. Y sin embargo, sus letras, sus ficciones, su genialidad, lo hacen ser un sol enorme alrededor del cual gravitan todas las galaxias de las letras americanas.
Lectores adictos a la llamada “nueva narrativa” suelen asombrarse cuando se enteran que Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y otros autores del “boom” hispanoamericano admiten su deuda con Borges. “Cómo pude ser-exclaman- si ellos experimentan con las formas, y Borges, en cambio, se aferra a formas tradicionales”. Ah, es que los narradores experimentalistas admiraron, no sus técnicas narrativas, sino su concepción del mundo. En sus cuentos Borges ofrece soluciones sorprendentes a los problemas del Ser, el Tiempo, el Yo, el Conocimiento, el Valor, el Lenguaje, la Estética, pero lo hace con procedimientos poco sorprendentes. (1)
Desde niño Borges supo que su destino estaba en la literatura, primero como lector, después como escritor. Supo que lo esperaban en el tiempo y el espacio de la literatura los espejos y los laberintos, las bibliotecas y los sueños, la noche y la vereda de enfrente, el aljibe y el astrolabio. De él dice Harold Bloom en uno de los artículos de ésta Revista: “A dos décadas de su muerte, Borges emerge claramente como el único autor del siglo Veinte que resulta más emblemático de los valores estéticos aún esenciales para la supervivencia de la literatura canónica universal. Ocupa esta posición no sólo con respecto a las letras hispanoamericanas, sino a toda la literatura occidental y quizás, incluso, a la literatura mundial.
Les deseo que se encuentren como yo, por azar, con sus obras. Después de leer “El Aleph”, “Luna de enfrente”, “Fervor de Buenos Aires”, “Otras inquisiciones”, “Historia de la eternidad”, “El libro de arena” e “Historia universal de la infamia” ya no serán los mismos.

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Notas:
(1)…………Enrique Anderson Imbert, “Borges y su concepción del mundo”; Revista Proa número 66, Tercera época.-



Revista "Espacio", Agosto del 2009.